Estaba en una sala, no muy bien amueblada, a penas un sofá y una mesa de cristal con revistas esparcidas por su superficie, al lado mío estaba sentada ella, musa de mis creaciones, hablaba conmigo yo a penas la entendía, me sonreía y yo le sonreía a ella, nuestras manos se juntaron entre los dos, las suyas tenían tacto a marfil, nos mirábamos a los ojos, ella volvió a sonreír arrugando al nariz, se acercó un poco más.
Casi podía sentir su respiración, seguíamos hablando y riendo, cuando me di cuenta nuestras caras estaban muy cerca, quise acercarme más, pero ella hizo el resto, nuestros labios se juntaron en un beso no pude determinar su duración, hundí las manos en sus cabellos negros, sentía el tacto de sus labios contra los míos, me sonreía otra vez, no pude resistir la tentación de hacerlo yo también, era tan feliz...
Al fin ella dijo algo, se levantó y salió por la puerta sin dejar de sonreír, me quedé clavado en el sitio, no podía moverme, la abrasadora felicidad que sentía no me dejaba reaccionar, no lo podía creer, salí tras ella, no estaba seguro del tiempo que había pasado desde que se fue, bajé unas escaleras y salí a la calle, la luz artificial de la habitación no me dejó ver que fuera ya estaba anocheciendo, pero la calle no era tal como la recordaba, algo siniestro lo envolvía todo, una esfera de frío, pero tal era el calor que yo sentía dentro que no me di cuenta de nada, al andar parecía que estuviera caminando sobre un trozo de cielo, todo era tan...
Desperté, con un nudo en la garganta me maldecía a mi mismo, que crueldad, dejarme engañar así por un sueño, me odié. ¿Cómo podía haberme dejado engañar de esa manera?, siempre igual.
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