Y vuelvo a seguir la marea, me pregunto a dónde irá. Los caminos de muestran contrarios a que los siga, serpentean y se pierden en una oscuridad que permanece impasible ante los intentos de alumbrado de las pequeñas estrellas que brillan en el firmamento. Fluye el río, sigo su pista y al final comprendo que ese río es el recorrido de mi vida, que no va a ras de tierra, que se eleva hacia el cielo, bajando, subiendo y me arrastra. Perdí el control y lo único que me queda es sonreír y ver a dónde me lleva, como pasa por momentos increíblemente tristes y amargos, luego vuelve arriba, hasta las nubes de risa, miradas y bromas. Empiezo a ver personas, a los asesinos de sueños, a los que me clavaron alguna vez un puñal en la espalda, creo que estoy muerto, que esto es un castigo divino por no haber sabido apreciar lo que me daban, ando perdido ahora en una isla de penas. Mis manos se abren y se vuelven a cerrar al compás de mis pasos, la isla, antes enorme ahora se hace pequeña y se reduce a una persona a la que miro a los ojos, directamente a los ojos y noto cómo lágrimas resbalan por mis mejillas coloradas de rabia por no poder apartar la mirada.
"Yo te amé", pienso, todo quedó reducido a ésto, una isla de penas, olvidadas todas las tardes de caricias, olvidadas las noches de cosquillas y pienso en la curva de esos labios que me sonríen con tal rencor que duele, cierro los ojos y corro. Me alejo de esa pequeña pesadilla creada expresamente para mi. Ella quedó atrás.
Sigo caminando, ya con pies cansados, el riachuelo de humo se desvanece a cada paso y a cada paso me odio más. Estúpido, la dejaste ir. Está con otro, nunca la recuperarás. Era necesaria. No consigo acallar las voces de mi cabeza, iros, por favor, no quería esto, quería lo mejor para todos. No sabía que pasaría ésto. Dios, dejadme vivir sin ella. Silencio, parece que se fueron.
Vuelvo a encontrar el riachuelo y creo que es incluso más fácil de seguir, paso la mano por el humo que me rehuye, qué cruel por su parte privarme de contacto alguno, todo es oscuro, el aire huele a quemado.
Ya veo la luz, caras amistosas y una de ellas me indica que siga una dirección, no sé qué me deparará, pero parece que ya me puedo refugiar en la calma del olvido y disfrutar un poco del paraíso que me empieza a embargar con sus encantos, ya no ando, parece que floto, pero no veo a dónde. Unos ojos verdes me observan desde la distancia. Me atraen, parecen hilar los desgarres de mi corazón, creo que sé a quién pertenecen. Una musa. Sentada a la orilla de mi río de humo, iluminada por la luz de la esperanza, parece un ángel. Mi ángel.